| Del
Vino, la Salud y los Dioses
En la Antigüedad,
un vaso del vino acompañado de un poco
de pan resultaba suficiente alimento para una
persona, sobre todo si se viajaba por un territorio
extranjero.
Frente al riesgo del
agua, capaz de corromperse y envenenar a un ejército,
disponer de vino era siempre una garantía
para eliminar la sed y recobrar fuerzas. Esta
función nutritiva ha perdurado hasta el
siglo XX: ponches, quinas, caldos con un chorrito
de vino se usan para reponer el cuerpo o despertar
el apetito.
Además de alimento
energético, el vino ha sido considerado
desde su origen como una medicina de la naturaleza...
un regalo de los dioses, dispuesto mágicamente
para que los seres humanos descubrieran el secreto
de la fermentación.
Una vez conocida esa
alquimia, el disfrute de sus efluvios ha ido siempre
acompañado de poderes sanatorios y de la
capacidad de trascender, acceder a otra esfera
de conciencia, y facilitar el trance místico.
Por eso el vino siempre ha ido de la mano de la
religión y la magia, como parte de su ritual,
como ofrenda y como referencia de todas las deidades
posibles a lo largo y ancho de la Tierra.
El vino dulce, el más
conocido, nos recuerda demasiado a aquel aguamiel,
el néctar de los dioses clásicos,
su alimento allá en el Olimpo. Era el vino
de las libaciones, conmemoraciones, cenas y fiestas
dionisíacas. Y eso suena a mucho respeto,
como es propio de las liturgias, pero también
a desenfreno.
Curiosamente, Dionisos
–conocido por los romanos como Baco- no
era sólo patrón de los bebedores,
también está en el origen del teatro.
Los cánticos en honor del dios del vino,
y con afán de fertilizar la tierra, dieron
lugar a los ditirambos, las tragedias y las comedias.
Tal vez por eso, junto a los teatros clásicos
de Atenas, siempre se encontraba un templo dedicado
al dios del vino, a veces con una fuente de la
que manaba alegremente ese dulce néctar.
El culto al vino se
extendió por todo el Mediterráneo
y el Próximo Oriente. Así, no sorprende
que la Biblia base buena parte de sus parábolas
en el vino, las uvas o los viñadores; ni
que sean monjes mozárabes y, posteriormente,
de Cluny y el Cister, quienes preserven su saber,
lo cultiven en sus monasterios y lo extiendan
por Europa en los siglos siguientes.
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